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Gerson Paredes Coz es poeta y
profesor de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
Pertenece a la etnia wanka, una de las más importantes del
mundo prehispánico y de las más activas e influyentes en el
mundo peruano de hoy. Nació en las mismas entrañas de la
cultura wanka, de padre y madre wankas, dentro de los
auspicios de los ricos ceremoniales wankas, bajo la tutela
azul de los Andes milenarios. La madre tierra salió a
recibirle en las manos de la madre de su madre, bajo los
ojos esperanzados de sus seres queridos. La cultura profunda
y verdaderamente humana un poeta no la adquiere en los
claustros universitarios, tan llenos hoy de esquemas y
anteojeras occidentales, sino en el olor y el contorno de
las semillas que lo han puesto de pie en el aire. Ahora
Gerson Paredes oficia también en la cátedra, pues en los
entornos de la añosa San Marcos conoció a otros comidos por
la misma fiebre, entró en contacto con la sabiduría
intelectual del planeta, y enseña a sus paisanos y los
peruanos todos dónde están las esencias de la cultura
compleja, telúrica, cósmica de su querido e inmenso país. La
poesía lo acompaña, porque ese es el primer oficio de todo
poeta: acompañar. Todos los poetas del mundo son nuestros
compañeros invisibles.
Hay deberes que están en la
atmósfera, y que los seres humanos de alta espiritualidad
captan con absoluta nitidez. Gerson Paredes ha sentido el
deber –y la gratitud inmensa, pues todo deber comienza por
una gratitud sin medidas– de darle voz a los suyos, a los
hombres y mujeres que estuvieron junto a él cuando se
incorporó a la vida, a los hombres y mujeres que forman
parte de la comunidad de sueños y anhelos en que se formó
como ciudadano, como poeta, como miembro de la sociedad
humana. Todos estamos hundidos en la cultura como en un
bosque de símbolos, y hay una sola jerarquía entre los
hombres: unos contienen más seres humanos que otros. Aquel
que está solo en su mundo interior, necesita mucha ayuda,
pues padece una absoluta situación de fragilidad espiritual.
Los poetas tienen una terapéutica increíble, que distribuyen
con abundante generosidad: construyen unas piezas de
cultura, llamadas poemas, orales o escritas, en que se logra
el milagro de sanación de que el que está solo se sienta
acompañado, y crezca en el acompañamiento misterioso de lo
sugerente hacia comunidades enteras concertadas dentro de su
espíritu. Individuo y colectividad se funden en la poesía
verdadera.
Gerson Paredes posee una
pluralidad alta siempre en su enunciación. De este modo, su
canto adquiere un carácter mediumnímico poderoso, cuyas
irradiaciones de espíritu tratan de englobar el aura deseosa
de cada wanka por él conocido y las demandas globales de sus
poblados territorios de sensibilidad. Wanka él mismo, se
siente autorizado para hablar por todos, y en un trasiego de
información inefable, ha ofrecido sus mensajes y recibido
los de los otros, que le anillan la proyección telúrica.
¿Puede entenderse ejercicio espiritual de tal naturaleza tan
sólo como arte? No al menos como lo entiende la cultura
occidental, tan llena de esnobismos y escándalos de
transgresión que no añaden ni un adarme a la cultura
artística de hoy en el mundo. Las ceremonias poéticas de
Gerson Paredes, adalid del retorno, podrán parecernos arte
aquí hoy, sin los vasos comunicantes poderosísimos que
seguramente tienen en su medio natural: las altas montañas
de su pueblo, llenas de ojos que miran con la misma
fosforescencia de los jaguares, o de manos que se elevan y
arrojan sombras como las enormes del Padre milenario. En las
ceremonias de un pueblo se amalgaman la poesía, la religión,
la cosmogonía, la medicina, la política, el arte en sentido
general, la sublimación de la vida cotidiana, las
interrogaciones frente a la vida y a la muerte. Cuando un
poeta, en cualquier comunidad de cultura, encarna estas
claves, se convierte en sacerdote súbito.
Pálida es la palabra humana
cuando se escribe en hojas que se aprietan unas contra las
otras, o cuando se pronuncian por oficiantes sentados sin
entusiasmo, hastiados de la comunicación entre semejantes.
Pero cuando la palabra levanta de los asientos y yergue
ofrendas, y danza convocando a lo desconocido, o
estableciendo intercambios entre mundos aparentemente
alejados, la solidaridad profunda de la enunciación logra
que la palabra rebase los idiomas, sus espantosas y
productivas cárceles. La poesía es superior a las artes
restantes, pero como el pavo real, aunque tiene múltiples
ojos cromáticos, exhibe una limitación muy grande: está
cifrada en idiomas. La pintura y la música cruzan las
fronteras idiomáticas sin dificultades: las metáforas de
Lorca se desdibujan al descender en Helsinki, y las de Celan
al entrar en La Habana. Gerson Paredes nos ofrece muchos
textos en quechua, que los wankas hablaron primero que los
incas, y seguramente en su voz encontraremos las resonancias
genéticas de una lengua original que hemos perdido, y que
los poetas debemos luchar por recuperar a brazo partido.
Entre otras cosas, la ceremonia del retorno nos incluye a
todos, pues todos somos hablantes de la auténtica sustancia
humana, y oficiantes de nuestro propio destino sobre la
tierra.
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